Viejo roble del camino, tus hojas siempre se agitan algo


lunes, 30 de abril de 2012

Peteribí

El eterno abismo de luz y naturalización ilógica para los pujantes vientos del otoño. Las sombras alimentadas con obstinadas deducciones, de los hombres de ropajes blancos. Son un contexto bastante caótico, para la sencilla existencia de Peteribí. El mundo era lo externo, lo incomprensible, lo respetable. Allí, la habían barnizado con un valor estimado al de un chocolate en invierno. Obviamente tener una porción de corazón, de la joven e ilusa Peteribí, equivalía a poseer mil lingotes de oro. Obtener sus manos, simulaba al hecho de tener los pies en agua caliente, mientras el pecho desnudo es rozado por el viento frió, de un cruel y dulce invierno. Alcanzar sus labios, era nadar en la bruma de uno de sus lagos inconscientes. Pero, ¿cuánto o con qué comparar, el obtener todo de la torpe Peteribí?, ¿A la locura, al infierno, a la linea divisora de la ambigüedad...?, ¿A qué, con qué, cómo llegar a tanto...? La velocidad, de los hechos, de los más efímeros momentos, puede ser un arma de doble filo. Puede encender el motor del momento de inercia o convertirse en génesis del fuego interno del alma del animal, enjaulado en el hombre cordial. Muchas veces el cuestionamiento innecesario de Peteribí, frente a los molinos del viejo Quijote, frente al hecho de entregarse al viento, sin más nada que pensar, produce un estancamiento temporal, y espacial en los eterno, en lo irracional. Belleza pura, la del maligno pensar de los hombres, belleza inconcebible, al ver la fuerza interna manifestada en el gesto; belleza de lo simple, de lo efímero, de lo más alto. Pura realidad, si de escoger se trata, es el hecho de lograr sentir el cambio de los estados físicos, frente al estimulo más grande y misterioso, para los racionalistas, el amor. La mixtura, del hecho de vivir, con el hecho de pertenecer al sistema, enfermaban a Peteribí. Escoger se hacia difícil, querer estar, pero a la vez, querer borrar toda huella de pertenecía, la colocaban en un eterno laberinto. Si encontraba la forma de salir, utilizando la lógica, se daba cuenta que era solo ilusión de su hambre de saber. Pero en lo irracional encontró la salida. Queriendo, amando, entregándose a las locuras que generaban sus encuentros, olvidaba el hecho de pensar y experimentaba con los sentidos. Esa, esa era la gran puerta de salida. Por esa causa, una de las almas sensibles terrestres, que había comprendido de forma precoz la solución de detener los vómitos mentales, de forma directa dio el mensaje. "Ámame peteribí, ama siempre, ámame peteribí, ama siempre, de esta manera, ninguna chica te podría amar... " "Peteribí" ; Pescando Rabioso. De ésta manera, es más sencillo visualizar y tocar, la puerta de salida. Peperina!